Nadie vive para respirar
Una empresa tiene que producir dinero. Pero si solo existe para eso, cualquiera la puede reemplazar. La rentabilidad es oxígeno, no propósito.
Hay una pregunta que divide cualquier conversación entre empresarios: ¿las empresas existen para ganar dinero?
La respuesta rápida es sí. La respuesta honesta es no.
Una empresa tiene que producir dinero. Sin utilidades no hay salarios, no hay inversión, no hay futuro. Quien diga que la rentabilidad no importa nunca ha tenido que pagar una nómina un viernes.
Pero producir dinero no es la razón de existir. Es la condición para seguir existiendo.
Nadie vive para respirar. Respiramos para poder vivir.
La frase que nos enseñaron
En 1970, Milton Friedman publicó en The New York Times un ensayo cuyo título se volvió doctrina: la responsabilidad social de la empresa es aumentar sus utilidades.
Durante medio siglo lo aprendimos como si fuera una ley de la física. Y en parte funcionó: generó riqueza, eficiencia y crecimiento.
También generó otra cosa: empresas que optimizan el trimestre y descuidan la década. Equipos que cumplen la meta sin saber para qué. Clientes convertidos en tickets. Personas convertidas en costos.
En 2005, John Mackey, cofundador de Whole Foods, le respondió a Friedman en un debate publicado por la revista Reason. Su argumento cabe en una imagen: las personas no pueden vivir sin comer, pero la mayoría no vivimos para comer. Con las empresas y las utilidades pasa lo mismo.
En 2019, 181 presidentes de las empresas más grandes de Estados Unidos, reunidos en la Business Roundtable, firmaron una declaración que redefinió el propósito de la empresa: crear valor para clientes, colaboradores, proveedores, comunidades y accionistas. No solo para los accionistas.
No fue romanticismo. Fue reconocer que el modelo se estaba quedando corto.
Si solo existes para ganar dinero, eres reemplazable
Aquí va la parte incómoda: una empresa que solo existe para ganar dinero es, en el fondo, un instrumento financiero con empleados.
Y los instrumentos financieros se reemplazan. Si mañana aparece una forma más rentable de usar ese capital, la empresa sobra. Sus clientes lo intuyen. Su gente lo sabe. Nadie defiende con el alma algo que existe solo para multiplicar la plata de otro.
El propósito, en cambio, no se reemplaza tan fácil. Una empresa que existe para resolver algo que importa (educar mejor, cuidar mejor, alimentar mejor) genera lo que el dinero no compra: personas que eligen quedarse, clientes que eligen volver, aliados que eligen apostar.
Y ese compromiso, curiosamente, también se vuelve rentable.
Cambiemos el orden de la pregunta
No estoy proponiendo empresas pobres con buenas intenciones. Una empresa sin rentabilidad no cumple ningún propósito: se muere antes.
Lo que propongo es cambiar el orden de la pregunta.
No: ¿cómo ganamos más dinero?
Sí: ¿qué problema resolvemos tan bien que la gente está dispuesta a pagar por ello, sin dejar a nadie peor en el camino?
Cuando la pregunta está bien hecha, la utilidad llega como consecuencia. Cuando está mal hecha, la utilidad llega… hasta que deja de llegar.
Una prueba sencilla
Si quieres saber para qué existe tu empresa, no leas la misión que está en la pared. Mira tres decisiones:
- Qué haces cuando un negocio rentable va en contra de lo que dices ser.
- A quién proteges primero cuando llega una crisis.
- Qué haces con un año extraordinario.
Ahí está tu verdadera misión. Lo demás es decoración.
La empresa debe producir dinero. Pero si eso es todo lo que produce, nadie la va a extrañar.